Publicado el 06/06/2025 por Administrador
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La profunda crisis energética que vive Cuba ha puesto en evidencia una desigualdad histórica que se agrava día a día: la doble carga que enfrentan las mujeres en los hogares. Con cortes eléctricos que pueden durar hasta 20 horas continuas y con más del 30% del país sin electricidad en simultáneo, las cubanas lidian con una cotidianidad desgastante, marcada por la escasez y la sobreexigencia.
Yanara Díaz, madre y trabajadora en Pinar del Río, representa a miles de mujeres que deben reorganizar su rutina familiar en función de los horarios de los apagones. “Me despierto a las 2 o 3 de la mañana para cocinar o lavar, porque es la única hora en que hay luz”, relata. Esa escena se repite por toda la isla, donde las tareas de cuidado y del hogar, tradicionalmente asumidas por las mujeres, se han vuelto más pesadas e impredecibles.
La falta de electricidad ha obligado a muchas familias a desempolvar métodos antiguos de cocina: fogones de carbón, cocinas improvisadas y hasta fuego al aire libre. Estos sistemas, además de ser ineficientes y contaminantes, implican un esfuerzo físico mayor y exponen a las mujeres a riesgos de salud y accidentes domésticos.
A esto se suma la dificultad de conservar alimentos. En un país donde conseguir productos básicos ya es una odisea, perder la comida por falta de refrigeración es un golpe duro al bolsillo y al ánimo. Las mujeres, encargadas en su mayoría de la planificación alimentaria, deben improvisar constantemente y tomar decisiones bajo presión para evitar el desperdicio.
El calor sofocante de los meses recientes y la imposibilidad de utilizar ventiladores o aire acondicionado afectan también el descanso y la salud mental, especialmente en los hogares con niños o ancianos. Para muchas mujeres, la jornada no termina nunca: si hay electricidad durante la noche, se sacrifican horas de sueño para aprovecharla; si no la hay, sobreviven como pueden entre la oscuridad y los mosquitos.
En paralelo, el riesgo de violencia doméstica se incrementa. La falta de luz, el encierro forzado y el estrés constante se convierten en detonantes peligrosos en contextos ya vulnerables. Las redes de apoyo, como vecinas o familiares, también se ven afectadas por la desconexión que impone la crisis.
Aunque el gobierno ha anunciado inversiones en energías renovables y reparaciones de centrales, las soluciones tardan en llegar. Mientras tanto, la carga recae, como siempre, en las espaldas de las mujeres. Son ellas quienes sostienen a sus familias, resuelven lo irresoluble y se adaptan a un escenario cada vez más hostil.
La crisis energética en Cuba no es solo una emergencia técnica, sino una alerta roja sobre la necesidad de políticas que reconozcan el trabajo invisible de millones de mujeres. Sin ese reconocimiento y sin medidas concretas para aliviar la desigualdad estructural, la oscuridad no será solo eléctrica, sino también social.